
Pasear y conversar agradablemente al principio; después, buen comer y beber y; finalmente, cantar, bailar y reír en una vorágine de alegría y amistad que dura seis días. Es la sanluqueña Feria de la Manzanilla, en la que los placeres de la vida nos seducen con su esplendor. En esta fiesta, la primavera andaluza se despliega con todo su encanto para hacernos soñar con ella durante todo el año. Sin embargo, no siempre nuestra feria ha sido tal y como la conocemos hoy.
CUANDO LA MANZANILLA SE HACE FERIA
Nuestra fiesta por excelencia ha ido poco a poco creando su propia idiosincrasia
La Feria de la Manzanilla es hoy por hoy nuestra fiesta más importante y escaparate al mundo de nuestra forma de vida. Durante estos días la vida en la ciudad se articula en torno a las casetas y a los aires festivos que se concentran en La Calzada. Pero para llegar a desarrollarse tal y como la conocemos hoy han tenido que pasar algunos años.
La Feria de Ganados
Al igual que otras muchas como, por ejemplo, la de Sevilla, la Feria de Sanlúcar tiene su origen en un mercado de ganados. Esta “cita y junta anual de ganaderos, corredores y tratantes” se celebraba en agosto y contaba con la presencia de numerosos trabajadores del sector provenientes de toda la comarca que cerraban sus tratos con unas cañas de manzanilla. Esta Feria de Ganados tuvo su primera edición en 1895 pero no logró tener continuidad en el tiempo, extinguiéndose en los primeros años del siglo XX. Según las crónicas de la época, estas ferias contaban ya con “casetas de baile, con restaurantes efímeros, con caballitos de madera y con numerosos puestos de dulces y juguetes”, es decir, que ya reunían muchas características de la feria que conocemos hoy. Ya lo dijo José Luis Acquaroni: “El origen de las ferias no es precisamente andaluz. Lo que ha hecho Andalucía ha sido convertir en apoteosis de luz y de sonido una institución comercial originariamente castellana. A la típica y antiquísima concentración ganadera, en una época determinada y en el gran centro agrícola de la región, los andaluces pusieron, sin propósito ni programa, insensiblemente y a fuerza de temperamento, un aditamento de fiesta y jolgorio que, andando el tiempo, se convertiría nada menos que en su fundamental razón de ser.”
Otro antecedente de nuestra actual Feria de la Manzanilla lo constituyen unos festejos celebrados algunos años más tarde, a finales de los 20, en los que ya aparece el nombre del vino sanluqueño: las veraniegas “Fiestas de la Manzanilla”. Estas celebraciones, de carácter marcadamente elitista ya que sólo participaba la burguesía bodeguera de la ciudad y algunos veraneantes, no llegó a lograr trascendencia ni a superar un par de ediciones. En ellas desfilaba una serie de carrozas de temática vinatera, tradición que se retomó en los años 50 con la Cabalgata de la Manzanilla y que de alguna forma ha perdurado hasta la actualidad.
Un precedente inmediato: La Velada de la Pastora
Sin perjuicio de todo lo dicho anteriormente, podemos afirmar sin duda alguna que el origen inmediato de la actual feria se encuentra en una velada que comenzó a celebrarse en 1948 en honor de la Divina Pastora. La devoción a esta advocación mariana cuya imagen se conserva en el Convento de Capuchinos se remonta a dos siglos atrás, y cada mes de mayo con motivo de su salida procesional los vecinos de la barriada del Mazacote organizaban una velada con el nombre de esta Virgen. Esta Velada, que comenzó celebrándose en la plaza de la Almona, alcanzó tanta popularidad que tuvo que ir extendiéndose por todo el Mazacote llegando a abarcar todo el espacio comprendido entre el Pradillo y la carretera de La Jara.
Esta Velada volvería a recuperar la tradición del primitivo “Mercado de Ganados”, constituyendo la entrega de premios a los ejemplares más destacados del concurso-exposición uno de los platos fuertes del programa, en el que también encontrábamos actividades como la Cabalgata de Gigantes y Cabezudos, prueba del alumbrado, alegre diana anunciadora de las fiestas, carreras de camareros, carrera de sacos infantiles, concierto a cargo de la Banda Municipal, novillada, salida de la procesión de la Divina Pastora y fuegos artificiales.
Rescatemos la esencia de esta Velada en palabras de Antonio de León Manjón: “La Pastora prende con su alfiler franciscano la alegría ruidosa de la Velada entre jardines y moreras, navazos con las llagas de los toyos, y el lejano sonido del tamboril que llama a la romería de los arenales. La feria comienza en el Pradillo (...) y termina en los eucaliptos del pino verde, celosía tras la cual se oculta esa bella novia de Sanlúcar que es la Jara. No se desarrolla como otras ferias en el abierto paisaje de un prado (...), se estrecha y colea entre bodegas con techos de pino, arcos y patios emparrados, almacenes con pilares de ladrillos y techos embovedados, y palacios del siglo XVII con mirillas para mejor oler y palpar al mar cercano. Todos los locales, todas las casas que comprimen la feria se abren de par en par, se adornan y blanquean, se remozan y alumbran y donde estuvo el trigo se alinean las medias de manzanilla, los estantes y las sillas de tijeras, y lo que fue taller será amplia caseta cuajada de farolillos y carteles de toros, y lo que fue casa particular será cátedra del mirabrás y los caracoles, y lo que fue silenciosa bodega será el lugar adecuado para tocar los palillos y bailar las sevillanas hasta la madrugada. Esta original e inigualable feria tiene la grandeza de las cosas que se hacen sencillamente y sin pretensiones, para el pueblo y con el pueblo, y enlaza la humana sinceridad, la franca alegría, con el apostólico ardimiento de Fray Esteban, peregrino de estas sendas hacia la dulce cumbre de la Virgen Pastora.”
Por fin, Feria de la Manzanilla
Nos encontramos, pues, una Velada que empezó a tomar forma de feria a la usanza sevillana y que, por tal, pasó a denominarse “Velada feriada de la Pastora”. Esta feria, en principio muy modesta, tuvo tanta aceptación que llegó a convertirse en la fiesta sanluqueña por excelencia. Su rápida extensión hizo necesario algunos años más tarde su traslado a un espacio más amplio y adecuado como era La Calzada. Así, en 1972 se inauguraba en este lugar la que en ese año se denominó Feria de la Primavera, siendo en 1973 cuando se estableció el definitivo nombre de Feria de la Manzanilla.
Con la nueva ubicación de la Feria se introducen algunas nov
dades, como el retraso de las fiestas hasta finales de mayo y principios de junio o la ampliación del calendario festivo a cinco días. Asimismo, el programa de actividades sigue siendo casi el mismo que se venía desarrollando anteriormente, exceptuando algunas modificaciones como la supresión de la procesión de la Virgen Pastora o la adición de diferentes concursos: deportivos, de sevillanas y de casetas mejor engalanadas.
La disposición de una hilera de casetas y los farolillos que adornaban la zona central de la Calzada constituían la morfología esencial de la Feria. La portada era un elemento fundamental que servía de marco de luz para esta fiesta. En un primer momento se colocó a la altura de la Avenida de la Estación, pero en ediciones posteriores se fue adelantando para dejar paso al creciente número de casetas particulares, que ya se empezaron a colocar en sendas hileras paralelas.
Andando el tiempo el recinto ferial se ha ido desplegando por zonas como el Paseo Marítimo, la Avenida de Bajo de Guía, la Avenida de las Piletas o la Avenida de la Estación, cuya fuente proporciona a la Feria actual gran vistosidad, como lo hacía otrora la del final de La Calzada, hoy en día recuperada. Por cierto, formando una U en torno a esta fuente se disponía la Caseta Municipal, aunque en los primeros años estuvo enclavada en la Avenida de la Estación, al igual que en la pasada edición. Por su parte, las atracciones de feria se situaban en el mismo espacio que ocupan en la actualidad.
Una Feria con personalidad propia
Pese a su aire sevillano la Feria de la Manzanilla tiene características propias que la diferencian sobremanera del resto y la hacen más auténtica, amable y cercana. Quizá la más importante sea su carácter abierto, ya que en ella prácticamente no existen casetas privadas o “cotos cerrados”. La fiesta se desenvuelve en un ambiente familiar y amigable en el que se da la bienvenida a cualquier visitante haciéndole partícipe de la festividad. Hay que decir que es precisamente este rasgo nuestro mejor embajador fuera de nuestras fronteras.
¿Qué más hace única a nuestra Feria? Si duda, su fisonomía, determinada en gran medida por su ubicación a lo largo del paseo de La Calzada. Hay que decir que hace ya muchos años que se viene hablando de la necesidad de trasladar la Feria a un lugar más espacioso que permita disfrutar de infraestructuras más adecuadas. Así lo manifestaba, por ejemplo, Pedro Gómez, delegado de Fiestas en 1990. Se ha especulado con la ubicación del recinto ferial en Las Piletas, sin existir a día de hoy una determinación clara. Es evidente que el traslado restaría gran parte de su encanto a la Feria de Sanlúcar ya que es la única del mundo que se celebra a orillas del mar. El Atlántico, el Guadalquivir y Doñana constituyen un espectacular enclave que, junto con la singular circunstancia de estar ubicada en el centro de la localidad, integran un bellísimo e inigualable escenario para nuestra Feria. Además, la disposición de las casetas a uno y otro lado de un mismo paseo favorece un mejor recorrido por el Real y una mayor participación de su ambiente festivo, al contrario de lo que ocurre en las ferias divididas en calles.
Y siguiendo con la fisonomía de nuestra feria, tenemos un elemento que la distingue y le da un aire diferente cada año: la portada del Real, un elemento novedoso que cada año levanta expectación. Las portadas sanluqueñas son de las más importantes de toda Andalucía, y constituyen todo un paradigma estético de la arquitectura efímera. Lo ideal a la hora de diseñar la portada de nuestra Feria es tomar elementos de edificios emblemáticos y, de esta forma, interpretarlos. Copiar sin más cualquier obra arquitectónica no tiene mucho sentido. Sea como fuere, la portada da paso a una atmósfera diferente en sí misma, y pasando por ella dejamos atrás problemas y preocupaciones.
Las casetas también forman parte de la bella estampa ferial ya que su estética guarda una singular imagen. Todos los módulos tienen las mismas dimensiones (6x4 metros), y la decoración exterior es similar, de toldos a rayas, lo que da uniformidad al paisaje. El exorno interior sí cambia, y va a gusto de cada titular, aunque normalmente la decoración simula patios andaluces, motivos taurinos y demás elementos tradicionales de nuestra cultura. Es de destacar la labor de la Asociación “La Caña”, entidad que en la actualidad hace una campaña destinada a fomentar la ornamentación de las casetas.
Algo que no podemos obviar es la Manzanilla, vino sanluqueño por excelencia al cual está consagrada la Feria. El nombre de Feria de la Manzanilla no tiene solamente carácter simbólico, sino que nuestro caldo ocupa realmente un lugar relevante en estas fiestas. Tiene un papel eminentemente socializador, ya que con él agasajamos a nuestras amistades en señal de estima y ofreciendo una copa entablamos conversación incluso con perfectos desconocidos. Con un brindis se puede cerrar cualquier trato, lo que evidencia además su función comercial. Además de todo esto, no es de extrañar que la manzanilla sea considerada el vino de la alegría, porque sin duda alegra el corazón de todos los que se reúnen en la Feria. Y, si no se bebe este dorado líquido, se puede tomar “rebujito”, esa singular mezcla de manzanilla y refresco de lima-limón popularizada en los últimos años que, muy a pesar de algunos puristas, evidencia la adaptabilidad de nuestro vino a nuevas formas de consumo.
Nuestra fiesta grande se vive fundamentalmente de día, cosa que no ocurre en otras ferias incluso cercanas. A la hora del aperitivo ya se dejan ver por el Real numerosos grupos de personas buscando sitio en las casetas. Esto se ha visto propiciado por un notable aumento cualitativo en los productos servidos así como por las archiconocidas bondades de la gastronomía de la tierra, bendecida por la generosidad de nuestro mar y elevada a la máxima expresión de lo autóctono con sus exquisitas y variadas tapas. Siguiendo con el tema, la Feria nunca se ve tan bonita como cuando a su espectáculo colorista contribuyen las mujeres vestidas de gitana cualquier mediodía. Y, por cierto, es curioso que estos atuendos flamencos, siendo trajes regionales y tradicionales que avivan las más hondas raíces andaluzas, estén sometidos al imperio de la moda. Los caballos –recordemos que en nuestra ciudad hay gran tradición equina- son otro elemento típico de nuestra feria que proporciona al Real una vistosidad digna de mención.
La verdadera esencia de la Feria de la Manzanilla es su sencillez y su carácter popular y campechano. Todos los sanluqueños se vuelcan con su Feria y quieren estar representados en ella; por eso cada asociación, empresa, entidad o grupo de amigos monta su propia caseta donde recibir a sus allegados o a todo aquel que quiera entrar. El caso es que participan de forma activa, ya sea trabajando o disfrutando de esta ocasión que nos brinda Sanlúcar de, simplemente, disfrutar de la vida durante unos días. Y otra cosa: llama la atención el hecho de que tanto jóvenes como niños y mayores tengan cabida en la feria en un inusual ejercicio de convivencia.
No podía faltar en este reportaje alguna referencia a la música de nuestra feria, que a su vez constituye otro de sus numerosos encantos. El cante y el baile por sevillanas domina en la Feria de Sanlúcar sobre otros estilos musicales más modernos que luchan por imponerse. Está bien que a veces se introduzca este tipo de música para el público más joven o para dinamizar de alguna forma el ambiente, pero no hay que olvidar que la feria es una fiesta tradicional, toda una institución, y por tal, le corresponde su propia música. Para otros géneros musicales tenemos el resto del año. Sanlúcar tiene en el flamenco autoridad propia manifestada tanto por la valía y personalidad de sus artistas como por sus cantes autóctonos, a saber, caracoles, mirabrás, romeras y algún otro. Sin embargo, en esta época nos dejamos conquistar por las sevillanas, probablemente porque nuestra feria es de alguna manera reflejo de la hispalense.
Quizá todas las excelencias manifestadas hasta ahora puedan resumirse con estas palabras de una joven que visita asiduamente la Feria de la Manzanilla: “Aunque no soy sanluqueña, vivo con mucha intensidad la Feria de Sanlúcar. Es una feria bastante coqueta y sobre todo cómoda, porque tiene un Real iluminado por farolillos donde se dan citan la gente de aquí y los forasteros. Me gusta su ambiente de sevillanas y sus magníficas portadas. Es alegre, colorista, rociera y marinera, y su aire sevillano contrasta con los distintos pueblos gaditanos. Se nota la alegría manzanillera.”
Redacción Websanlucar
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